Una segunda vuelta a Cancún

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vía Grand Residences

Siempre estoy dispuesta a empacar mis tereques y alzar vuelo. Pero cuando me llegó una invitación para ir a Cancún, lo pensé dos veces. Es de los pocos lugares que no moría por regresar y hasta lo pensaba tachado de mi lista. Había visitado ese destino tras uno de mis primeros viajes largos a México cuando era estudiante universitaria.

En mi trayecto conocí a un México de gente linda y amable, de arquitectura colonial y ruinas centenarias, de cultura y tradición. También de puestitos de quesadillas sincronizadas a la orilla de la carretera, de margaritas tan poderosas – no frozen – que una me dejaba en el piso y de mercaditos con toda clase de dulces. Al final del viaje, a manera de “premio”, enfilamos hacia Cancún y no podía conciliar los mega hoteles, los restaurantes de cadenas norteamericanas y turistas empinando yardas de cerveza con el México del que me había enamorado.

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Arena blanca, agua turquesa y tranquilidad, más no se puede pedir. vía Grand Residences

Como creyente de segundas oportunidades, acepté y tengo que reconocer que me alegra. En casi dos décadas mucho ha cambiado en el área. Las cadenas continúan en existencia y también la rumba desenfrenada, pero muchos se han reenfocado en ofrecer una pruebita de la Riviera Maya y sus encantos, con la flexibilidad para acomodar el bullicio y el desorden, si se prefiere.

Grand Residences Riviera Cancun es la epitome del lujo y el buen servicio. La hospedería es amplia y rinde homenaje a las haciendas de antaño con su arquitectura colonial. Tal vez un detalle que distingue esta propiedad es que ubica en Puerto Morelos, una villa pesquera a unas 20 millas al sur de Cancún, a una media hora de la rumba desenfrenada que ni aún en mis 20 me atrajo.

El sosiego de la playa y la imparable brisa son los valores añadidos de esta experiencia VIP. Aquí no escatiman en complacer cualquier antojo o necesidad, siempre con una sonrisa y con amabilidad. Las habitaciones son espaciosas y están exquisitamente decoradas con accesorios de primera. Pero lo más que disfruté fue ver el amanecer desde mi balcón. En ocasiones vi un crucero llegando a puerto, pero los tonos anaranjados, rosas y violetas del despertar del día me resultaron impresionantes.

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La hermosa piscina infinita del hotel tuvo que servir como suplente por un repentino mar bravío.

A falta de buenas condiciones del tiempo para practicar kayak o esnórquel que el resort provee, opté por caminar el litoral del que emana pura paz. La piscina para adultos es un sueño con sus vistas directas al agua y divertida barra. Hey, no me llamaba la atención ir de rumba, pero eso no significa que no disfruté de una (s) buena (s) bebida (s). El resort es grande, pero consigue no sentirse impersonal. Como por arte de magia siempre hay una tumbadora disponible en la piscina y alguien presto a asistir con las órdenes.

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Desayuno tradicional de huevos, tortillas y refritos delicioso y ligero.

Fuera del agua y a comer

La experiencia gastronómica aquí es de primera con el restaurante de comida fina El Faro Grill. El chef Yann Michel Cozic creó un menú que mezcla de manera magistral clásicos de la comida mexicana – aprovechando los pescados y mariscos frescos de las villas pesqueras vecinas – y de carácter internacional. El chef francés que pasó 15 años en las cocinas de París, tiene la habilidad de elevar unos huevos rancheros con refritos y otros favoritos locales al punto de hacerlos una obra gastronómica.

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El chef Cozic preparó una cena especial en la que ofreció una tarta de tomate – sí, lo de arriba es tomate – cangrejo, mille-feuille de manzana verde y salsa aurora que fue tan rico como tan lindo. Abajo, uno de mis
desayunos ‘light’ con un acompañamiento de vista.

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La frescura de los productos domina en la cocina y se deja sentir con cada bocado. La comida es consistentemente buena y cada experiencia es elegante y refinada, sin ser incómoda. La Riviera Maya se distingue por su fertilidad y con el presentimiento que los almuerzos y cenas serían una botada, en ocasiones optaba por desayunar frutas tropicales y jugos verdes. Los frutos eran tan jugosos y dulces que me satisfacían. De la misma manera, la comida mexicana a la que estamos acostumbrados en los EU – cubierta de queso y todo frito – no es la misma. El queso sigue siendo protagonista, pero no se desborda y se utiliza para acentuar, no enmascarar sabores.

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La barra del lobby además de estar muy bien equipada, se trajo pieza por pieza desde Inglaterra y data de los años 1800.

Grand Residences cuenta también con Heaven Beach Bar & Restaurant, entre la piscina y la playa y todas las ofertas del menú están disponibles con servicio a la habitación.

Quienes visiten en plan saludable – usualmente salgo de mi casa con esa intención – pueden visitar el gimnasio completamente equipado. Pedí una sesión privada con uno de los entrenadores y no me tuvieron piedad. También cuentan con canchas de tenis y voleibol playero para los que gustan de ejercitarse en las afueras. Tras la paliza que recibí en el gym, me dirigí al spa con la intención de recuperar y lo logré. Las terapistas son excelentes y el menú de servicios es muy completo. El resort queda a poca distancia de ruinas maya como Tulum y de impresionantes cenotes y puede coordinar visitas y excursiones de pesca y buceo y de cualquier clase. Toda necesidad y antojo se complace. El hotel cuenta con un programa para niños y adolescentes, además de servicio de niñeras, wi-fi y todos los lujos modernos, pero con un definitivo sabor Caribe.

Grand Residences Cancun se fija en todos los detalles y anticipa las necesidades de su huésped. Tal vez nunca había pensado irme a dormir con un alebrije – figuritas mitológicas de la cultura popular mexicana – pero desde mi regreso cada vez que voy a la cama, busco bajo mi almohada, tal como las encontraba en mis días de resort.

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