Bloggera viajera con temor a volar

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Sin querer queriendo disfruté los impresionantes paisajes de mi islita.El volar casi al ras del suelo no fue bueno para mis nervios, pero mis ojos lo pasaron bastante bien.

Comienzo a escribir estas líneas a unos 30 mil pies de altura en dirección a Puerto Rico. Desde que tengo uso de razón le he temido a volar, lo que resulta contradictorio ya que me dedico a escribir sobre viajes. Muchas veces me topo con la incredulidad de algunos cuando lo comento porque entiendo que es difícil reconciliar los deseos de conocer y ver mundo con el terror que me provocan los aviones. Pero en mi viajes me he enterado que no soy la única, lo que realmente no me hace sentir mejor, pero sí me consuela.

Es algo complejo. Comprendo que volar es una de las maneras más seguras de transporte. Sé que los aviones «no se caen» así como así, pero de todas maneras casi me incrusto en mi asiento en cada despegue, las manos me sudan y quiero agarrarme de algo, lo que sea. Cuando vuelo sola no me queda remedio que poner mis manos bajo mis muslos para no tocar a alguien de manera impropia. Cuando Mr. Backpack va conmigo, el pobre sufre los apretones y súbitos cabezazos en su pecho cuando quiero esconderme como si eso fuera a nivelar el avión mientras nos elevamos. Él, con mucha más sofisticación que yo, no le teme a volar, pero me ha confesado que en ocasiones le provoco ansiedad con mis arranques.

También sé que aunque las turbulencias provocan sustos, difícilmente «tumban» una nave. En esos momentos miro a mi alrededor y si nadie tiene cara de pánico, pues no me queda otra que tranquilizarme.

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El corto vuelo a Culebra me permitió disfrutar de uno de los arcoíris más impresionantes que jamás haya visto, lo que
consideré un extra. Las vistas desde el pequeñito avión en el trayecto de regreso fueron impresionantes.

Aun cuando mi mente comprende muchas cosas, incluyendo el funcionamiento de los aviones, no puedo resistir cierta incomodidad con un meneíto inesperado, el constante ruido de las alas y soniditos fastidiosos. Sí me doy crédito porque a pesar de mis miedos, el deseo de conocer y descubrir no me cohíbe y me monto en cada avión completamente sobria – sin juicio a quienes necesitan un alguito extra en forma líquida o píldora. Además, me sentí muy orgullosa de mí cuando hace unos meses abordé un avión no sólo pequeño, sino posiblemente de los inicios de la aviación, para disfrutar de la pequeña islita de Culebra. (historia pendiente)

El viaje en ferry hubiera sido unas cuatro horas de puerta a puerta, mientras el tener mi corazón literalmente en mi garganta por 30 minutos, me permitió disfrutar ese pedacito de paraíso de la costa este de Puerto Rico. Mr. Backpack me dejó saber de varias maneras que no estaba impresionado con mi desempeño durante el vuelo con la variedad de poses de yoga motivadas por la ansiedad que hice en la pequeñita butaca. El regreso fue menos malo y tuve que comportarme dado a que era un vuelo lleno – siete personas en total. Pero el trayecto me permitió disfrutar de impresionantes vistas del litoral isleño y mi Viejo San Juan porque es prácticamente como ir en una pecera. ¿Lo volvería a hacer? De seguro que se presentará la oportunidad. ¿Me muero por hacerlo? De sólo pensarlo siento las manos húmedas.
¿Le has temido a volar?

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